Veraneo en los años 60

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Mi familia, allá por los años 60 del siglo pasado, no tuvo nunca vacaciones de ni de verano, ni de ninguna otra estación meteorológica. Tampoco yo conocía a nadie que las tuviera. Así de “ricos” éramos entonces.

Entre 1963 y 1967, tendría yo entre 10 y 14 años  más o menos, fue cuando mis padres decidieron llevarnos a mi hermano y a mí a pasar el día 18 de julio a Jimera de Líbar que tenía un río y así nos remojábamos y nos podíamos poner los bañadores que nos compraron para ir a las colonias infantiles.

Tomábamos un tren que salía al amanecer desde la estación de Ronda y que, las veces que fuimos, siempre estaba hasta los topes de personas, bultos y demás enseres propios para pasar una buena temporada aunque se sabía que volveríamos por la noche.           No recuerdo que en estos viajes lograra ir sentada en ninguno de ellos, lo que sí recuerdo es el olor a humanidad a comida y a bebida que al subir allí había; además de las voces y gritos de unos y otros muy nerviosos y excitados por aquel veraneo insólito.

Al llegar a la estación de Jimera había que cargar con los bultos que te tocaran según las órdenes paternas o maternas. Yo casi siempre me hacía con una sandía o un melón y listo.                                                                                                                                                 Todos bien pertrechados nos poníamos en marcha hacia el río, (olvido contar que también venían tíos, primos, vecinos, compañeros de trabajo de mi padre, etc, etc.) Aquello era una cadena humana que iba hacía la diversión que aportarían las sombras de los árboles o algunas colchas que ponían nuestras madres para sentar a los niños encima.

Se pasaba el día entre baños, comer y beber como si no hubiera un mañana.

Luego al atardecer era al contrario: la misma cadena humana pero ya descargada de las muchas basuras dejadas a orillas del precioso río. El tren llegaba a la estación de Jimera abarrotado, con el mismo personal que a la ida aunque un poco más calmados.  Casi todos los años que fuimos la luz de los vagones del renqueante tren brillaba por su ausencia, lo que hacía que una gran mayoría durmiera y las voces eran menos.

También recuerdo lo “reventá” que caía en la cama esa noche.

Mal rollo

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En los sitios de veraneo ir a comprar un par de barras de pan u otra cosa necesaria se convierte en un suplicio. No importa si es una tienda de vecindad o un supermercado enorme, el caso es que se va a esos sitios cargados de un estrés inapropiado que se palpa en el ambiente.

Los viejos y viejas de mi edad son los peores, con la cosa de que no se enteran o porque fingen estar agotados, siempre andan colándose en las filas del pescado, de la verdura o de lo que sea. ¡Ay hija, perdona pero no me había dado cuenta!

Hoy, al ir a pagar en caja, me dirijo a una en la que había solamente un señor con dos paquetes de hielo esperando a que le cobren, pensé que ese era el mejor sitio. No pude poner mis compras en la cinta porque ese hombre era mucho más alto que yo y hacía de barrera para mí. A esto que se acerca una mujer con un carro lleno hasta los topes y se pone a darle al del hielo toda su compra… Por otro lado escucho a dos que estaban discutiendo por un producto que ambos querían llevarse…

Había una tensión en el ambiente y una sensación de mal rollo que para qué voy a seguir contando.

Me volví y me puse a duplicar los productos que compré para no tener que ir en dos o tres semanas a por más.

Huelga decir que la mayoría están de vacaciones.