Historias de una anciana, Locura transitoria, Mis paranoias, Pensamientos, Reflexiones

¡Vaya cabeza!

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A veces quiero decir lo que me ronda por la cabeza y callo.
Callo por no ofender a cualquiera que pueda leer mi escrito.
Callo por no saber si lo que escribo expresa en realidad lo que pienso.
Pienso demasiado y escribo poco.
¡Menos mal que ha salido el sol!

Historias de una anciana, Internet, Locura transitoria, Móviles y Tabletas, Reflexiones

Murió

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Nada, lo que pensé que nunca me iba a pasar me pasó.

Se me ha caído el móvil al inodoro. Cinco o seis segundos en el agua han sido demasiado tarde para él. Empezó a poner pantalla de quererse morir y un rato después ya no era teléfono.

Mételo en arroz, ábrelo (mi modelo de móvil no es fácil de abrir)  y a todo esto estoy hablando de un domingo y las urgencias celulares no las conozco todavía. Las buenas voluntades de los amigos consultados eran evidentes pero solo eran eso, buenas voluntades.

Mi móvil ha muerto.

No tengo teléfono fijo, así que dependo bastante de este aparatejo que no sabe bucear ni es sumergible. Voy a ver qué ocurre en los próximos días. ¿Seguiré teniendo a mis amigos del whatsapp? ¿Habrá vida después de los móviles? ¿Estaré conectada por encima de mis posibilidades?

 

 

 

 

 

Historias de una anciana, Mis paranoias, Reflexiones

Mi tontería de hoy

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Cuando yo trabajaba en la caja de ahorros, recuerdo que existían los ‘préstamos pignoraticios’ que eran préstamos que concedía la entidad con la garantía de un artículo (generalmente joyas) que una vez pagado se podía recuperar. Utilizo el verbo en pasado, porque no sé si actualmente se siguen concediendo esas pignoraciones.

Ayer en el mercado de abastos, en el puesto de las verduras, iba delante mía una señora con un abrigo de auténtico visón y con aspecto de haber conocido días mejores. Compró un par de distintas verduras y al ir a pagar los tres euros de la cuenta,  le dijo al tendero, casi con un hilo de voz: Apúntamelo.

Me quedé algo epatada. Fue como si la señora hubiera ido a comprar con semejante “disfraz de rica” queriendo decir que si no vuelve a hacer efectiva su cuenta, dejaría en prenda el abrigo. Vamos lo que aquí en Cádiz diríamos una pignoración de casa-puerta.

¡¡Las tonterías que se me ocurren en el puesto de verdura…!!

 

 

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A gusto me quedé

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Hoy metidos ya en el año nuevo, me he decidido a hacer una limpieza en el móvil.

No ha sido por fuera sino por dentro, tenía fotos, mensajes, vídeos, etc. que ya ni recordaba que estaban ahí. Dicen que una limpieza al año no hace daño, pues eso.

Pasar archivos a un ordenador o disco duro para liberar espacio y sobre todo saber dónde están las fotos de la playa del año pasado, o del plato que te envió tu cuñada, es una faena de higiene mental.

Me he quedado como si me hubiera bañado en un río después de una caminata.

Más a gusto que qué.

Historias de una anciana, Pensamientos, Recuerdos, Reflexiones

Manuel, mi amigo.

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Su sonrisa hace que cada día sea el mejor de todos.

Hace ahora 33 años que nos dimos cuenta de que no queríamos vivir con otras personas que no fuéramos nosotros. Fueron tiempos difíciles y desagradables por lo que conllevaba tal decisión, no podía ser de otra manera;  la “opción B” era mucho peor en ambos casos. Hubo que dejar familias, casas y el sitio en el que habíamos nacido y vivido.

Algunos amigos, muy pocos (de una mano sobraban dedos),  nos ayudaron en aquél momento tan angustioso, tuvimos que empezar desde cero o si me apuran desde menos cero. A partir del momento en que empezamos nuestra historia en común, no nos han faltado tropiezos y algún que otro accidente que han sido solventados con mayor o menor fortuna. Él lo hace todo sencillo, pareciendo que no hay obstáculo que no se pueda salvar.

Hoy, que ya hemos superado la barrera de los 60 con creces, seguimos siendo aquellos amigos que un día descubrieron que no podían dejar de estar juntos el resto de su vida.

¿Sabes el secreto?

Te lo digo:

Respeto.

“Ad multos annos”

Familia, Historias de una anciana, Recuerdos, Reflexiones, Ronda

Tita Carmela

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Querida tita Carmela:
Ahora estás en tu tercera juventud, y sé que por dentro sigues siendo la misma chavalita que nos fue conociendo uno a uno a los hijos de tus hermanos y a los que quisiste casi tanto como a tus propios hijos posteriores.
Tus sobrinos José María, José Manuel, Miguel Ángel, Juanito, Jesús, Luis Carlos y yo, te querremos mucho siempre.
Al ser yo la mayor y tú tan joven, para ti fui como una especie de muñeca para jugar y recibí todo el cariño que por otro lado no me fue posible.
Hoy eres lo único que me queda como referencia de mis ancestros.

Te podría desear felices fiestas y ya. Pero significas tanto para mí que me gustaría no irme de este mundo sin decírtelo.
Te quiero y siempre (mientras yo viva y recuerde) te querré.
Ojalá que estés muy a gusto con los cuidados tan amorosos que te dan tus hijos.
Tita, te quiero.

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Tarde de otoño

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Curioso el bicho

Eres mi tormento y mi éxtasis.

Sí, querido blog, igual me levanto un día acordándome de ti con nostalgia y ganas de mancharte de tinta con mis boberías, que otro día deseo fervientemente darle al botón “eliminar este sitio” de una vez para siempre.

Sabes que tienes mucha competencia con Facebook, Twitter, Instagram…etc. Te están quitando el público que antes te era fiel y te comentaba con alegría. Ahora, los “amigos” leen de qué trata la entrada comentando o dando un “me gusta” con solo un párrafo de lo que aquí cuento.

Se está perdiendo la esencia de la bitácora tal y como empezó hace ya algunos años. Son demasiados renglones a leer para una época en que la mayoría de gente no lee ni el recibo de la luz.

Yo intentaré contarte mis pensamientos que a veces no sé siquiera si son leídos por alguien. Seguiremos tú y yo en la intimidad de un rincón viendo hasta cuando podré con esta relación tan rara. Sí, porque no sé si te diste cuenta que tú eres una máquina y yo una humana.

A ver si se larga ya el otoño veraniego este…

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El paso inexorable del tiempo

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Con el tiempo casi he logrado acostumbrarme a ver mi cara y mi cuerpo en los espejos. Claro que también con el paso del tiempo, las cicatrices y averías varias han hecho estragos en él y es ahora cuando no tiene mucho arreglo.

En eso estoy conforme, sólo es cuestión de comprar unas tallas más de todo, unas gafas molonas y de vez en cuando un corte de pelo moderno.

Con estos pensamientos estoy cuando llegan los anuncios publicitarios que nos invaden, en los que se ve a una anciana jugando al fútbol con sus nietos, con un tipo de “modeli” que “pa” qué, o esos otros que te dicen que ahora, después de los 60, es cuando estamos en la plenitud de la vida. ¿Eso no era a los 40? Además lo que te anuncian son compresas para las pérdidas de orina o lubricantes para la vagina.

A mí, que me ha encantado siempre “ir de tiendas”,  se me revuelven los interiores al tener que comprar una rebeca o un pantalón. Casi todo está pensado para las mujeres con tipo de niña o para las mujeres que se machacan en los gimnasios. Y si crees que exagero, sal a buscar un pantalón de la talla 46 que no parezca hecho para las monjas ursulinas…

A no ser en una ciudad grande, claro. Ahí quiero pensar que hay de todo para alguien como yo.

También puedo empezar a operarme de estética para parecer una “chica de oro” de esas que salen en tv con más años que Matusalén y que son imposibles de distinguir de lo que se parecen unas a otras.

En fin, voy a por una manzana para merendar y no sigo engordando.

 

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“Ronda, Feria de Septiembre”

Gitana

Ahora que llegan las ferias de septiembre en varios lugares de España, aparece esta imagen de no me acuerdo qué año en Ronda (Málaga) Se me ve de flamenca con el único vestido de este tipo que he tenido en mi vida. Creo que era verde y negro, me lo hizo mi madre y me duró varias ferias, pero no, no tuvo que añadir ni un volante; yo creí que iba a crecer más pero mi gozo en un pozo: me quedé así y así sigo. La cara de disgusto era por el dichoso moño que me hizo mi tía y que me clavó horquillas a punta pala para que no se me escapara ni un pelo. ¡Ah! Y laca, no es decir que no me echaron laca. Desde entonces no puedo ni olerla.

Lo que se ve de fondo es el cuartel que había en el llano, que ahora es un aparcamiento y la obra es del “Edificio Serranía” que hay enfrente del citado estacionamiento.  Los tejados eran casi todos de casas de vecinos de la calle San José, en las que se hacinaban muchas personas en apenas un par de habitaciones por familia.

Como la feria la montaban en la puerta de la casa de mis padres sólo tenía que bajar las escaleras y caía en los coches de choque.

¡Qué tiempos!