Vámonos que nos vamos.

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Resulta difícil ponerse delante del papel en blanco a la hora de escribir algo en estos momentos que nos han tocado vivir.

Desde dentro de mi pensamiento no quiero reflexionar demasiado en cuestión de política; no quiero porque la conclusión sería entrar en modo pánico por muchas razones. Oigo eslóganes patrióticos de cuando yo tenía 13 o 14 años y en este país, decir la palabra “democracia” te incluía instantáneamente en una lista negra y nada recomendable, así que sólo pensar en una involución de esa clase me hace sentir físicamente mal, nauseas, escalofríos…

¿A quién favorece este clima de absoluta crispación que tenemos ahora? Tiene que haber unas gentes a los que les sea muy favorable que estemos todos peleados con todos. ¿Cómo hablar con alguien de política sin acabar subiendo el tono de la conversación e incluso llegar a la discusión más encendida? ¿Qué nos está pasando?

Como en tiempos pasados, yo he buscado mi pasaporte por si hiciera falta “tomar las de Villadiego” , claro que ¿a dónde dirigir mis pasos? ¿Dónde voy a estar mejor que aquí?

 

Casi bomba

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Arreglando un poco los productos de limpieza que tengo debajo del fregadero, he empezado a sacar tarros y tarros que se “escondían” en la parte de atrás. Me ha entrado miedo al ver la capacidad de explosionar que tenía ahí. Que si para quitar el moho, que si desengrasar absolutamente o dejar el inodoro para tomar un cóctel…

Como es de suponer, algunos botes estaban en fase de descomposición  –más miedo todavía– y eso que el contenido era mínimo. ¿Para qué puñetas guardaría yo esos restos tan peligrosos? La mayoría de ellos advierten en sus etiquetas que no se deben verter al desagüe de la casa –ya el miedo me ha subido de nivel–. Me doy cuenta, que si supiera o quisiera,  podría hacer una bomba tranquilamente.

Hago un inciso aquí. Yo me he pasado toda mi vida trabajando fuera de casa,  de ahí mi desconocimiento con los productos de limpieza. He comprado sin saber bien qué o para qué eran.

¿Qué hacer con esos potenciales componentes de una bomba? ¿Dónde depositar el líquido que sobra?

Menos mal que se evaporan y ya apenas si quedan restos, pero te digo que he pasado una mañana de casi pánico por mor de tanta limpieza.

¡Uf!

Un día en mi vida.

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Empezó Septiembre con la marcha en masa de los asiduos veraneantes a nuestro pueblo.

Ya se puede pasear por las calles de Chipiona e incluso saludar a las personas conocidas, ¡adiós fulanito! ¡hasta luego menganita! ¡me alegro verte chiquilla!…etc.                            Ya tú sabes, lo propio de un pueblo pequeño.

Ahora es buen momento para emprender cualquier labor que tengamos pensada, para poder dejar de hacerla luego con una buena excusa. Empezar una dieta, ir a clases de bailes de salón, apuntarnos un año más al gimnasio, clases de cocina…

Para mí, que en este año 2018 que nos llegará dentro de tres meses, cumplo sesenta y cinco años de vida, la única propuesta que tengo es vivir con la mayor calidad de vida posible cada minuto hasta el año próximo.                                                                                  Ya con eso me conformo. Si encima aprendo filtiré sería demasiado.

Veraneo en los años 60

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Mi familia, allá por los años 60 del siglo pasado, no tuvo nunca vacaciones de ni de verano, ni de ninguna otra estación meteorológica. Tampoco yo conocía a nadie que las tuviera. Así de “ricos” éramos entonces.

Entre 1963 y 1967, tendría yo entre 10 y 14 años  más o menos, fue cuando mis padres decidieron llevarnos a mi hermano y a mí a pasar el día 18 de julio a Jimera de Líbar que tenía un río y así nos remojábamos y nos podíamos poner los bañadores que nos compraron para ir a las colonias infantiles.

Tomábamos un tren que salía al amanecer desde la estación de Ronda y que, las veces que fuimos, siempre estaba hasta los topes de personas, bultos y demás enseres propios para pasar una buena temporada aunque se sabía que volveríamos por la noche.           No recuerdo que en estos viajes lograra ir sentada en ninguno de ellos, lo que sí recuerdo es el olor a humanidad a comida y a bebida que al subir allí había; además de las voces y gritos de unos y otros muy nerviosos y excitados por aquel veraneo insólito.

Al llegar a la estación de Jimera había que cargar con los bultos que te tocaran según las órdenes paternas o maternas. Yo casi siempre me hacía con una sandía o un melón y listo.                                                                                                                                                 Todos bien pertrechados nos poníamos en marcha hacia el río, (olvido contar que también venían tíos, primos, vecinos, compañeros de trabajo de mi padre, etc, etc.) Aquello era una cadena humana que iba hacía la diversión que aportarían las sombras de los árboles o algunas colchas que ponían nuestras madres para sentar a los niños encima.

Se pasaba el día entre baños, comer y beber como si no hubiera un mañana.

Luego al atardecer era al contrario: la misma cadena humana pero ya descargada de las muchas basuras dejadas a orillas del precioso río. El tren llegaba a la estación de Jimera abarrotado, con el mismo personal que a la ida aunque un poco más calmados.  Casi todos los años que fuimos la luz de los vagones del renqueante tren brillaba por su ausencia, lo que hacía que una gran mayoría durmiera y las voces eran menos.

También recuerdo lo “reventá” que caía en la cama esa noche.