Vámonos que nos vamos.

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Resulta difícil ponerse delante del papel en blanco a la hora de escribir algo en estos momentos que nos han tocado vivir.

Desde dentro de mi pensamiento no quiero reflexionar demasiado en cuestión de política; no quiero porque la conclusión sería entrar en modo pánico por muchas razones. Oigo eslóganes patrióticos de cuando yo tenía 13 o 14 años y en este país, decir la palabra “democracia” te incluía instantáneamente en una lista negra y nada recomendable, así que sólo pensar en una involución de esa clase me hace sentir físicamente mal, nauseas, escalofríos…

¿A quién favorece este clima de absoluta crispación que tenemos ahora? Tiene que haber unas gentes a los que les sea muy favorable que estemos todos peleados con todos. ¿Cómo hablar con alguien de política sin acabar subiendo el tono de la conversación e incluso llegar a la discusión más encendida? ¿Qué nos está pasando?

Como en tiempos pasados, yo he buscado mi pasaporte por si hiciera falta “tomar las de Villadiego” , claro que ¿a dónde dirigir mis pasos? ¿Dónde voy a estar mejor que aquí?

 

Veraneo en los años 60

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Mi familia, allá por los años 60 del siglo pasado, no tuvo nunca vacaciones de ni de verano, ni de ninguna otra estación meteorológica. Tampoco yo conocía a nadie que las tuviera. Así de “ricos” éramos entonces.

Entre 1963 y 1967, tendría yo entre 10 y 14 años  más o menos, fue cuando mis padres decidieron llevarnos a mi hermano y a mí a pasar el día 18 de julio a Jimera de Líbar que tenía un río y así nos remojábamos y nos podíamos poner los bañadores que nos compraron para ir a las colonias infantiles.

Tomábamos un tren que salía al amanecer desde la estación de Ronda y que, las veces que fuimos, siempre estaba hasta los topes de personas, bultos y demás enseres propios para pasar una buena temporada aunque se sabía que volveríamos por la noche.           No recuerdo que en estos viajes lograra ir sentada en ninguno de ellos, lo que sí recuerdo es el olor a humanidad a comida y a bebida que al subir allí había; además de las voces y gritos de unos y otros muy nerviosos y excitados por aquel veraneo insólito.

Al llegar a la estación de Jimera había que cargar con los bultos que te tocaran según las órdenes paternas o maternas. Yo casi siempre me hacía con una sandía o un melón y listo.                                                                                                                                                 Todos bien pertrechados nos poníamos en marcha hacia el río, (olvido contar que también venían tíos, primos, vecinos, compañeros de trabajo de mi padre, etc, etc.) Aquello era una cadena humana que iba hacía la diversión que aportarían las sombras de los árboles o algunas colchas que ponían nuestras madres para sentar a los niños encima.

Se pasaba el día entre baños, comer y beber como si no hubiera un mañana.

Luego al atardecer era al contrario: la misma cadena humana pero ya descargada de las muchas basuras dejadas a orillas del precioso río. El tren llegaba a la estación de Jimera abarrotado, con el mismo personal que a la ida aunque un poco más calmados.  Casi todos los años que fuimos la luz de los vagones del renqueante tren brillaba por su ausencia, lo que hacía que una gran mayoría durmiera y las voces eran menos.

También recuerdo lo “reventá” que caía en la cama esa noche.

Spain, para volverse loco.

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Escuchar la radio, leer un periódico o ver las noticias en la televisión es como leer un acta judicial o un comunicado del juzgado de guardia. Casos y casos de corrupción un día sí y el otro también.

Según el periódico digital El Economista, el coste del agujero dejado por la corrupción en España pasa ya de los 7.500 millones de euros. Hemos vivido 175 tramas desde que comenzó la democracia, de las cuales PP y Psoe lideran el ranking de corruptos con 126 casos.

Banqueros, obispos, políticos, periodistas…Hay corruptos en todos los ámbitos de la sociedad. Parece ser que en esta España de charanga y pandereta, vírgenes, romerías y ferias, es algo que llevamos en los genes o algo parecido. Decir que en España hay corrupción conlleva la expresión: -¡Normal!-

Pienso que en cualquier país democrático del mundo, ya habrían puesto pie en pared los ciudadanos respecto a este tema. Después veo los resultados electorales, en los que los censos siguen poblados de difuntos, y los más corruptos son los que más votos sacan. Esto no se entiende de ninguna de las maneras.

Me recuerda aquello que se inventó Fraga en la época del dictador que anunciaba: “Spain is different!”spain-is-diferente--644x362

Creo que si no me he vuelto majareta ya, no me volveré nunca. ¿O sí?