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Internet de cascarilla.

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Cuando era chica y jugaba en la calle, si es que al lugar donde estaba la casa de mis padres se le podía llamar “calle”;  bueno allí, no había una casa abandonada o una verja derruída en la que no intentara entrar de expedición.
Ahora existen lugares que no están precisamente abandonados sino más bien super poblados en los que ese impulso de colarme dentro es tan fuerte como entonces. Me estoy refiriendo al lado oscuro de Internet.
Hace poco decidí hacer unas “catas” sobre las posibilidades y los riesgos de colarme en semejante sitio.
La Internet profunda, la red oscura y algún que otro nombre disuasorio tiene ese morbo que me atrae como el espejo a la Alicia del cuento.
De momento hay  que descargar un navegador para entrar en la Deep Web,  luego saber muy bien por dónde se va metiendo una,  como si pisara un campo minado. Yo no quiero comprar estupefacientes, armas, pornografía o contratar un sicario, solamente dar un paseo en plan turístico.

Conforme fui sabiendo más sobre esto, peor cuerpo se me iba poniendo.

Alguien más sensato que yo me hizo el siguiente alegato: – si no vas a querer nada de eso que dices, ¿para qué puñetas entras en la deep web? –

Inmediatamente plegué las velas y puse rumbo a mi google chrome de toda la vida, con algo de miedito metido en el cuerpo. Como cuando de chica encontraba un bicho en la casa abandonada y salía dándome patadas en el culo de lo que corría, pues igual.
Se me han pasado las ganas de indagar por esos lugares tan profundos. Prefiero el Internet de cascarilla.

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