¿Viento de locos?

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Desde el miércoles sopla en Cádiz y provincia levante fuerte del que no teníamos noticias desde hace 12 años, en 2005.

Cuando el levante se pone “güasón” se detiene casi toda la vida cotidiana que se realice fuera de casa:  De lavar y tender ropa nada de nada, de arreglar plantas y flores, ni se intenta, los niños para ir al colegio llevan la mochila con más ganas que otras veces, eso si no se les ha caído el techo de algún aula o algo parecido. Los animales domésticos hacen sus necesidades con los ojos tan entornados que parecen dos puñaladas en un cartón.  Cuando se sale a la calle, porque hay cosas que son indispensables, se regresa masticando arena o con los pelos que parecen moldeados en la cima del Himalaya. Por las ventanas ¡cerradas! se cuela la tierra que trae el viento en grandes remolinos y hay que olvidarse de querer limpiarlas.

Dicen por aquí, que el levante es el viento de los locos. ¡No me extraña!  Las cabezas parecen que se tragan también esa arena fina y va puliendo las pocas neuronas que a algunos nos van quedando. De dormir plácidamente, olvídate, cuando no es un árbol es un contenedor con su estruendo que no te deja pegar ojo…

En fin, dicen que mañana sábado sobre las 9 de la mañana caerá la fuerza del viento. Espero estar todavía en mis cabales para verlo.

 

La cuestión es sufrir.

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Hoy en España y sobre todo en el sur, es día de recogimiento y fervor católico. O al menos así era hace tiempo.

Últimamente desde que he pasado de los 60 años parece que estoy más “recordona”, más en plan contar batallitas antiguas. Lo que yo le criticaba a mi padre ahora lo hago yo…

Bueno a lo que iba; en estas fechas me viene a la mente los años en mi pueblo -Ronda- cuando yo salía a ver las procesiones y a cumplir con todos los preceptos que indicaba la religión al respecto.

A partir del jueves santo, la música de la radio, ya que no había otra cosa, no se oía en casa, no se podía levantar la voz, cantar o tararear melodía alguna, jugar en la calle o reír a carcajadas ni nada parecido.

Mi papá se ponía el traje negro de su boda, mi mamá su vestido más oscuro y nos ponían a mi hermano y a mí arreglados para ir a visitar los monumentos. Monumentos que no recuerdo bien que eran, pero algo así como altares dentro de las iglesias que había que visitar uno tras otro. Después de la cena salíamos de nuevo a ver la procesión de ‘Padre Jesús’ y tristes hasta el domingo de resurrección. Creo que yo veía “rasgarse el velo del templo” literalmente debido a mi imaginación exacerbada.

Una pena tan grande tenía yo, que parecía que ese hombre torturado y muerto era mi tío o cualquier familiar mío. Hasta lloraba viendo algunas representaciones de dichas torturas, con esas carnes llenas de heridas y la sangre chorreando por el cuerpo; o a su madre detrás llorando por lo que le hacían a su hijo…

¡Uf! ¡Cuánto sufrimiento para unos niños que no llegábamos a los 10 años de edad!

En fin, hoy ya no sufro nada por eso, ahora sufro por las personas torturadas y muertas debido al interés de unos oligarcas. Y esto es real.

 

 

Internet de cascarilla.

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Cuando era chica y jugaba en la calle, si es que al lugar donde estaba la casa de mis padres se le podía llamar “calle”;  bueno allí, no había una casa abandonada o una verja derruída en la que no intentara entrar de expedición.
Ahora existen lugares que no están precisamente abandonados sino más bien super poblados en los que ese impulso de colarme dentro es tan fuerte como entonces. Me estoy refiriendo al lado oscuro de Internet.
Hace poco decidí hacer unas “catas” sobre las posibilidades y los riesgos de colarme en semejante sitio.
La Internet profunda, la red oscura y algún que otro nombre disuasorio tiene ese morbo que me atrae como el espejo a la Alicia del cuento.
De momento hay  que descargar un navegador para entrar en la Deep Web,  luego saber muy bien por dónde se va metiendo una,  como si pisara un campo minado. Yo no quiero comprar estupefacientes, armas, pornografía o contratar un sicario, solamente dar un paseo en plan turístico.

Conforme fui sabiendo más sobre esto, peor cuerpo se me iba poniendo.

Alguien más sensato que yo me hizo el siguiente alegato: – si no vas a querer nada de eso que dices, ¿para qué puñetas entras en la deep web? –

Inmediatamente plegué las velas y puse rumbo a mi google chrome de toda la vida, con algo de miedito metido en el cuerpo. Como cuando de chica encontraba un bicho en la casa abandonada y salía dándome patadas en el culo de lo que corría, pues igual.
Se me han pasado las ganas de indagar por esos lugares tan profundos. Prefiero el Internet de cascarilla.

Carragenanos ricos y con fundamento.

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Yo desde hace tiempo deje de escrutar hasta la saciedad todos las etiquetas que traen los productos que compro, ya que si lo hiciera, el día de ir al supermercado se convertiría en un día muy largo. Desde hace unos días nos vienen abrumando con el aceite de palma, que si es malo, que si es bueno, que si esto que si lo otro…

Esta mañana desayunando mi tostada con aceite acompañada de un buen café con leche evaporada Ideal, se me ocurre mirar la etiqueta de la composición de dicho lácteo.  ¿Para qué se me ocurrió?

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Al llegar al final y leer el espesante “Carragenanos” me quedé algo sorprendida por el nombre que no había escuchado en mi vida, así que me fui a Google a ver qué puñetas era ese espesante. Encontré esto que puedes ver AQUÍ 

Cuando llegué al párrafo en que decía entre otras cosas: “…estudios en animales han observado enfermedades como colitis, úlcera; la producción de alergias, ralentización del crecimiento, puede disminuir la absorción de minerales esenciales y favorece la producción de tumores.”…  dejé la lectura y mi afán de información para seguir tomando el café con carragenanos que me supo a gloria.